
Su cabello caía en pequeños hilos dorados sobre su frente.
Le observó con ojos fijos reflejando la luminosidad blanca en sus pupilas y le dijo:
― He tratado de hacer de todo para permanecer intacta, pero ya no puedo más…día a día…he experimentado toda clase de cosas, mi cuerpo me ha acompañado, lo que otros no han hecho en esta vida, él me ha acompañado, le estoy en deuda…y él ya no tiene fuerzas para seguir. ― Hizo una pausa y prosiguió ― Desconéctame de esta máquina por favor.
La observó un momento más, no quería hablar. Pensó que si algo iba a decir, ese algo, ya lo había dicho en más de una oportunidad, entonces cerró los ojos. La imaginó cuando ella corría primorosa por aquella plaza, riendo a carcajadas dejando que el sol acariciase su hermoso cuerpo, bañándolo con sus rayos dorados.
― Está bien…si ese es tu deseo ― dijo mientras aún no abría sus ojos de aquella ensoñación. Esperó encontrar el rostro de ella con un dejo de arrepentimiento, pero no, ella permanecía mirándolo con la misma cara de antes, con esa expresión de ternura y cansancio. Le propino una sonrisa de agradecimiento y confort.
― Mañana te desconectarán.
Cuando ella escucho eso, su corazón latió aceleradamente y su respiración se hizo entrecortada.
Al día siguiente la desconectaron de la máquina, enseguida sintieron el fatal pitillo permanente. Su corazón se había detenido.
Ella vio una luz resplandeciente, cerró sus ojos y de pronto se encontró soñando.
Sabía que estaba soñando. Ella tenía esa capacidad, la de darse cuenta que estaba en medio de un sueño. En aquellos momentos podía despertar a su antojo o seguir soñando si el sueño era agradable. Ella soñaba en colores, en esa oportunidad los colores eran más resplandecientes que de costumbre. Soñó que estaba en su hogar cuando ella era infanta. Veía claramente cada objeto de su dormitorio. Caminó hacia la puerta del dormitorio, la abrió. El jardín estaba lleno de gardenias, las flores de su madre. El mar amenazaba arrasar aquél jardín y hundir en las profundidades azules las flores de múltiples colores. Desespera, pensó, debo despertar de este sueño.
― Debo despertar ― gritó con impotencia. No pudo despertar.
Sintió el frío del agua a sus pies. La soledad de aquella orilla. Todo era una inmensa playa. Una playa de arenas negras. Rodeada de una niebla espesa.
― Serán las drogas que me han inyectado, las que me producen no poder despertar. En ese momento recordó que pidió que la desconectaran de la máquina.
― No creo lo que está pasando. Seguramente sigo soñando. Siento la arena en mis pies. Este sueño es muy real. Caminó y vió mar y arena, arena y niebla, niebla, mucha niebla. No sentía el ruido del mar.
― Debo estar en una isla. No me gusta este sueño. Recordó que en aquellos sueños desagradables también podía elevarse sobre las construcciones que ahí había. Intento un impulso y quedo suspendida en el aire. Sus pies ya no tocaban la arena negra. Sus oídos ya no escuchaban el ruido que provocaban las olas del mar. Ahora estaba envuelta en una densa niebla blanca. Sus ojos no veían más allá.
― Quiero despertar. Esto no tiene sentido.
Se hacia mil preguntas, una y otra vez. Su desesperación aumentaba. Solo de algo estaba segura, esto, no tenía ningún sentido.
― ¿ Y si de esto se trata la muerte? De quedarse suspendido en una niebla densa y fría. De quedarse en la soledad de uno mismo, preguntándose cada cosa, sin encontrar un concepto racional, un concepto lógico. Porque aquí todo concepto no tiene ni principio ni fin. Nunca han existido.
Entonces comenzó a pulsar el pitillo débilmente, hasta establecerse en medio de aquel silencio. Su corazón latía nuevamente.
Un día 7 de Julio despertó. Ese mismo día decidió buscar un sentido en su vida, sin saber que ya lo había encontrado.

