Decisión (microcuento)

Enviado por Zarela el 24/02/2010 a las 16:22

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Su cabello caía en pequeños hilos dorados sobre su frente.

Le observó con ojos fijos reflejando la luminosidad blanca en sus pupilas y le dijo:

― He tratado de hacer de todo para permanecer intacta, pero ya no puedo más…día a día…he experimentado toda clase de cosas, mi cuerpo me ha acompañado, lo que otros no han hecho en esta vida, él me ha acompañado, le estoy en deuda…y él ya no tiene fuerzas para seguir. ― Hizo una pausa y prosiguió ― Desconéctame de esta máquina por favor.

La observó un momento más, no quería hablar. Pensó que si algo iba a decir, ese algo, ya lo había dicho en más de una oportunidad, entonces cerró los ojos. La imaginó cuando ella corría primorosa por aquella plaza, riendo a carcajadas dejando que el sol acariciase su hermoso cuerpo, bañándolo con sus rayos dorados.

― Está bien…si ese es tu deseo ― dijo mientras aún no abría sus ojos de aquella ensoñación. Esperó encontrar el rostro de ella con un dejo de arrepentimiento, pero no, ella permanecía mirándolo con la misma cara de antes, con esa expresión de ternura y cansancio. Le propino una sonrisa de agradecimiento y confort.

― Mañana te desconectarán.

Cuando ella escucho eso, su corazón latió aceleradamente y su respiración se hizo entrecortada.

 

Al día siguiente la desconectaron de la máquina, enseguida sintieron el fatal pitillo permanente. Su corazón se había detenido.

 

Ella vio una luz resplandeciente, cerró sus ojos y de pronto se encontró soñando.

Sabía que estaba soñando. Ella tenía esa capacidad, la de darse cuenta que estaba en medio de un sueño. En aquellos momentos podía despertar a su antojo o seguir soñando si el sueño era agradable.  Ella soñaba en colores, en esa oportunidad los colores eran más resplandecientes que de costumbre. Soñó que estaba en su hogar cuando ella era infanta. Veía claramente cada objeto de su dormitorio. Caminó hacia la puerta del dormitorio, la abrió. El jardín estaba lleno de gardenias, las flores de su madre. El mar  amenazaba arrasar aquél jardín y hundir en las profundidades azules las flores de múltiples colores.  Desespera, pensó, debo despertar de este sueño.

― Debo despertar ― gritó  con impotencia.  No pudo despertar.

Sintió el frío del agua a sus pies. La soledad de aquella orilla. Todo era una inmensa playa. Una playa de arenas negras. Rodeada de una niebla espesa.

― Serán las drogas que me han inyectado, las que me producen no poder despertar. En ese momento recordó que pidió que la desconectaran de la máquina.

― No creo lo que está pasando. Seguramente sigo soñando.  Siento la arena en mis pies. Este sueño es muy real. Caminó y vió mar y arena, arena y niebla, niebla, mucha niebla. No sentía el ruido del mar.

― Debo estar en una isla. No me gusta este sueño. Recordó que en aquellos sueños desagradables también podía elevarse sobre las construcciones que ahí había. Intento un impulso y quedo suspendida en el aire. Sus pies ya no tocaban la arena negra. Sus oídos ya no escuchaban el ruido que provocaban las olas del mar. Ahora estaba envuelta en una densa niebla blanca. Sus ojos no veían más allá.

― Quiero despertar. Esto no tiene sentido.

Se hacia mil preguntas, una y otra vez. Su desesperación aumentaba. Solo de algo estaba segura, esto, no tenía ningún sentido.

― ¿ Y si de esto se trata la muerte? De quedarse suspendido en una niebla densa y fría.  De quedarse en la soledad de uno mismo, preguntándose cada cosa, sin encontrar un concepto racional, un concepto lógico. Porque aquí todo concepto no tiene ni principio ni fin. Nunca han existido.

 

Entonces comenzó a pulsar el pitillo débilmente, hasta establecerse en medio de aquel silencio. Su corazón latía nuevamente.

 

Un día 7 de Julio despertó. Ese mismo día decidió buscar un sentido en su vida, sin saber que ya lo había encontrado.

 

Todo es posible (microcuento)

Enviado por Zarela el 09/02/2010 a las 14:55
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Micro cuento "Todo es posible"

Delicadamente extrajo de entre sus ropas aquel pequeño sobre ya amarillo y algo estropeado por los años. Lo colocó entre las manos de ella y le dijo él:
— Sólo cuando me haya ido de este lugar puedes abrirlo. En él, vas a encontrar las explicaciones a todos los hechos que han ocurrido este último tiempo.
Entonces la observó fijamente a los ojos, reflejándose en aquel dorado trigo que eran sus preciosas pupilas. Depositó un suave beso en su frente y se marchó.
Las hojas marchitas de aquel otoño agitadas por la brisa de la tarde, cubrieron el espacio que dejaron sus pasos.
En la carta un poema que decía:
“Te dedico este poema Pablo…
Si hubieses amado solo mi carne,
mi cuerpo no habría permanecido,
sería unas miserables cenizas
cual incienso quemado, envejecido

Pero amaste inmensamente mi espíritu,
envolviste mi estímulo en gran manto
entre nubes de deseos con ímpetu
extasiaste mi delirio allí, en lo alto

Me has amado transparente a los ojos,
me has amado en mi tesoro valioso
en tus versos callados, me has amado,
sutilmente siento, que me has amado.

Tuya Matilde."
Entonces comprendió. Su padre también había amado a esa mujer, tanto como a su madre. Honró a su familia al alejarse de ella antes de que sus hijas nacieran, había elegido vivir al lado de su madre. Pero hoy su madre descansaba eternamente. Él era joven y merecía disfrutar de la vida, lo que de ella, le quedase.
En su interior recordó lo que su madre siempre le decía: Nunca es tarde para el que cree, para el que cree, todo es posible.

Una buena compra.

Enviado por Zarela el 12/01/2010 a las 10:31

Despertar, abrir los ojos. Decía el cartel que colgaba en la vitrina. Me acerqué con curiosidad. En el escaparate había una vieja y sucia cajita de madera. Entré al local y consulte su precio, me sorprendió el valor tan alto que le había colocado el vendedor a dicho artículo. Pregunté con cierta curiosidad al dependiente de la tienda, debido a qué, le habían colocado tan alto valor en su precio. Entonces él me observo con cierta ternura, sacó la cajita de la vitrina y la trajo al mesón. La sacudió con cuidado y la colocó frente a mí, la abrió. Dentro estaba forrada en un fino terciopelo color carmesí. En su interior una pequeña piedra, de visos nacarados.


— ¿qué piedra es?


— No es piedra, es un ojo de dinosaurio petrificado.


— ¡No puedo creerle!


— Es un ojo de dinosaurio petrificado. Repitió con cierta sonrisa, que me dio la impresión de que me estaba jugando una broma, y a continuación comentó.


— La trajeron desde Argentina unos parientes que heredaron un montón de cosas de un arqueólogo famoso.


— Mmm... ¿Pero por qué no la han llevado a un museo?


— Nadie cree que es cierto, piensan que es una piedra simplemente, una insignificante piedra. Por eso coloqué el cartel aquel, que dice: Despertar, abrir los ojos. Suele suceder que a veces lo que vemos con nuestros ojos es engañoso y que ciertas cosas no tienen la apariencia que deseamos para colocarlas en ciertos lugares privilegiados de nuestro hogar. Aquí lo ve usted reflejado, en esta pequeña cajita un ojo de dinosaurio petrificado… usted imagina ¿cuántas cosas pudo haber visto este dichoso ojo?.


— Tiene usted razón, la compraré.



Me llevé la cajita que contenía esa piedra de un ojo de dinosaurio, la coloqué sobre la chimenea en un lugar privilegiado de mi sala principal. Y le mandé a grabar sobre la tapita de madera la siguiente inscripción: “Despertar, abrir los ojos…no vayan a quedar tus ojos como este, si no eres capaz de ver el valor real de las cosas que te rodean”.

Microrrelato Soy

Enviado por Zarela el 02/01/2010 a las 17:56
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Sabes que soy extraterrestre. Te lo he dicho en más de una oportunidad. La última vez te dio un ataque de risa. Pero es la verdad. No soy de este mundo terrestre. He tenido la fortuna de caer dentro de este cuerpo, que por cierto es fascinante. Me han dotado de un espíritu que me energiza constantemente y mi cuerpo real está fundido bajo este, que es la capa que lo protege. Mi cuerpo, mi espíritu y en su interior mi alma celestial.  No soy de este mundo soy extraterrestre. ¿Te parece cuerdo?, me lo imaginaba, no lo crees. Así es, los terrestres nunca creen más allá de lo que sus ojos ven.  Me repito esto, mientras me observo mirando al espejo.

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Concesión.

Enviado por Zarela el 29/12/2009 a las 10:05
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    Momentos antes había descubierto que se podía perdonar a sí mismo. En ese instante interrumpió sus divagaciones una voz que le dijo:

— Padre, he pecado, quiero confesarme.

Opiniones

Enviado por Zarela el 21/12/2009 a las 16:34

Tenía un aspecto deforme, y le colgaba una especie de baba del labio. Sus ojos estaban completamente extraviados. De vez en cuando exhalaba unos ruidos guturales. Nadie sabía que le había pasado, simplemente un día amaneció así decía su compañera de cuarto. Las enfermeras acostumbraban a sacarla a pasear al jardín, y la mayoría de los otros pacientes siempre ideaban la forma de evadir su compañía. Nadie deseaba estar cerca de ella, es que les invadía una sensación de impotencia al verla así.

Anteayer la dejaron frente la gran árbol de almendro. Al otro día el almendro amaneció completamente florecido. Todos comentan que algo raro ha comenzado a suceder, cada vez que ella está en un lugar.  Hoy su habitación está llena de mariposas naranjas, han entrado cuando abrí el ventanal. Han dejado el aire perfumado a jazmines en flor. Al salir de su cuarto, me he encontrado con una extensa fila de enfermos, todos quieren tomar su mano. Reflexiono, que rápido cambiamos de opinión.

Él

Enviado por Zarela el 09/12/2009 a las 15:46
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Él

El era de provincia.

Él, tuvo que buscar trabajo en Santiago.

Él acostumbraba a caminar por el paseo Ahumada después de la colación. A veces solo, otras veces acompañado por sus colegas.

Él, compraba una bolsita de maní al caballero del carrito ambulante que estaba en la esquina cerca de su oficina.

Él, como siempre, hoy, hizo la rutina normal. Sintió los codazos de los transeúntes cuando transitó por las calles.

Él pensó para sus adentros. Sería ideal el futbol americano para los Santiaguinos.

Él volvió a su oficina y terminó su jornada laboral.

Él regresó a su provincia.

El juguito de naranja. (microrrelato)

Enviado por Zarela el 04/12/2009 a las 9:56

Son las 7:00 de la mañana, y salgo algo acalorada del vagón de metro.

La brisa de la gente que pasa alrededor de mi, me refresca un poco.

Como siempre todos se amotinan en la escalera para subir a la superficie.

Arriba, el sol apenas calienta, y el vapor de los alientos se eleva en el aire.

Hoy no está.

Le pregunto al del kiosco de diarios.

-¿y la señora de los jugos?.

Me responde.

- Se la llevaron “los pacos”.

El Cuturruco (microrrelato)

Enviado por Zarela el 27/11/2009 a las 12:38

El Cuturruco dejaba su maletín de lustrar zapatos en la galería. Todos los días temprano, aparecía con cara de chicha fresca y una sonrisa casi sin dientes dibujada sobre el rostro lleno de cicatrices, producto de peleas callejeras. La calle era su hogar. Hoy no apareció. En la tarde me enteré de que lo encontraron muerto bajo el puente Loreto. Murió de frío. ¿Qué haré con la caja de lustrar? En su interior, unas latas de betún, escobillas y una foto amarillenta y descuidada; en ella una mujer con un niño de aproximadamente 5 años figuraban tomados de la mano.

Soy inmigrante

Enviado por Zarela el 26/11/2009 a las 9:44

Tengo hambre.

Ahora mismo veo tras el cristal esos deliciosos bocados calientes que acaban de colocar en el mostrador.

Extiendo una mano, algunos colocan monedas, hoy podré comprar uno de aquellos.

Mi estomago gruñe. Ya lo he tragado y todavía mi estomago emite ruidos.

Vuelvo a la esquina. Desde aquí puedo ver como los niños juegan en la plaza, ríen felices. Pienso en mis hijos.

Aún no puedo conseguir un trabajo, creo que hoy tendré que ofrecer algo de mi cuerpo. Cuando esto sucede no tengo problemas con el lenguaje.

El lenguaje corporal no tiene frontera, entonces descubro que las costumbres son iguales a mi país, que cuando dos seres se necesitan, no hay folclore, no hay permisos, no hay raza, ni religión, ni idioma.

Me dirijo al lugar. Hoy venderé uno de mis riñones, y me pregunto, cuando esté bajo la piel de aquel, ¿sabrán que fue el riñón de un inmigrante?

De como un plebeyo pasó a ser un Sir.

Enviado por Zarela el 18/11/2009 a las 11:31

Se sentía como un plebeyo dentro de la gran masa de ciudadanos.

Cuando regresaba de una de sus acostumbradas salidas diarias, puso atención a una joven que trataba de cruzar la acera. Había llovido y un charco de lodo y agua se había formado en la calle. Se acercó tímidamente y le ofreció el brazo, para darle el impulso necesario que le permitiese saltar a la calle.  Ella se asió de él y mientras aun su mano permanecía en su brazo, le dijo: – Gracias Sir. Luego ella se alejó. Él la observó hasta que desapareció.

En aquel instante.

Enviado por Zarela el 18/11/2009 a las 11:30

Estaba observando, y vi  como un ave se posó y cantó. Le oí fue entonces que escuché.

El árbol.

Enviado por Zarela el 18/11/2009 a las 11:28

Casi arrastrándose llegó, para poder asirse de aquel árbol. Sabía que en él estaba todo lo que necesitaba. Entonces dejó escapar un leve suspiro.

Las aves en lo alto revolotearon, y él árbol pareció cobrar vida cuando la brisa meció sus ramas.

Su vida.

Enviado por Zarela el 18/11/2009 a las 11:26
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Le olvidaron, hoy vive en un claustro. Algún día volverá a ver la luna reflejarse en el mar.

El atentado.

Enviado por Zarela el 18/11/2009 a las 11:25
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Se debatía entre la vida y la muerte. Siempre había hecho esa maniobra de vuelo, pero esta vez el gato le hirió en su ala derecha.

Sin cansar.

Enviado por Zarela el 18/11/2009 a las 11:23
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Lo busca. Sin embargo, estuvo exactamente frente a él.

Marchito.

Enviado por Zarela el 18/11/2009 a las 11:10
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Entonces, me di cuenta.

El ruido aquel lo invadía por completo.

Caminé en ese sentido rápidamente.

Resbalé y pude observar que el pasto de mi patio se había secado.

Bienvenido a Bligoo

Enviado por Zarela el 11/11/2009 a las 16:33

 

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